MADRID SE LIMPIA CON MUERTOS.

Supongo que la mayoría de los que estén leyendo este post, pensarán que me ha vuelto loco, o que el exceso de turrones de estas fiestas me ha nublado el cerebro, pero lamentándolo mucho el título de este post no es más que la pura verdad. Y es que, allá por el siglo XVII, en Madrid se utilizaba para la limpieza del día a día, una especie de lejía cuyo origen seguramente hubiera puesto los pelos de punta a sus usuarios.
En aquella época, como os decía, se elaboraba una especie de Don Limpio para el cual como uno de los ingredientes base se tenían que utilizar cenizas en su elaboración, y de dicho preparado se encargaban como no podía ser de otro modo, los ceniceros. Los ceniceros eran un gremio, que como era habitual en Madrid con otros muchos gremios se ubicaban todos juntitos, en este caso en la zona de Atocha y que según se cuenta, junto a otras leyendas, son los que dieron nombre a la calle con su nombre, la calle de los Ceniceros.
La labor de estos, supongo que bastante poco aseados trabajadores, no era otra que la de meterse dentro de los hornos de leña que había por todo Madrid para su limpieza, saneamiento y manutención. Los ceniceros lejos de desechar las sobras de sus trabajos las recogían y juntaban, para más tarde poder elaboraban el mencionado limpiador. Y hasta aquí todo correcto, si no fuera por el sutil detalle, de que obviamente estos trabajadores no tenían la potestad de elegir qué hornos limpiaban y que hornos no, y lo mismo les tocaba hoy limpiar la hollín del horno de un panadero, que mañana les tocaba limpiar los hornos de la Santa Inquisición, que como podéis imaginar, no se usaban únicamente para asar el cabrito en Nochebuena.
El más conocido de estos hornos se encontraba muy cerquita de la zona en la que hoy se encuentra la puerta de Alcalá, pero como resulta que la olorisca no era muy atractiva y suponemos que los de la inmobiliaria de la zona estaba que echaban chispas, se decidió desmantelarlo y llevarlo más a las afueras, trasladándolo a lo que hoy conocemos como la Glorieta de Ruiz Giménez (el extrarradio de entonces).
Ni que decir tiene, como muchos ya sabréis, que aquellos hornos de la inquisición tuvieron un tiempo en que eran un no parar de actividad y ajetreo, por lo que os podéis suponer de donde eran, en gran parte, las cenizas que se usaban para el Neutrex Antigua protagonista de esta entrada.
Con todo lo dicho, podéis imaginaros la alegría de las limpiadoras que a falta de fregona, que aún no se había inventado, además tenían que estar limpiando y lavando con aquel mejunje. 
Por suerte, o por desgracia para los más macabros, no nos han llegado a nuestros días documento que nos indique si el olor de aquel preparado se vendía en su versión perfumada o si únicamente se comercializaba en bruto, pero algo nos dice, dado el origen de sus materiales, que lo más seguro es que se vendiera a granel y sin ningún tipo de refinamiento, por lo que ya sabéis, por muy duro que suene o nos parezca en nuestro días, Madrid se limpió con las cenizas de aquellos pobres muertos que fueron quemados en los hornos de la inquisición, y que libres de culpa o no, sin duda pasaron a un final mucho más purificador.

Grabado representativo de un auto de fe (Autor desconocido)