FRANCISCO GARCÍA CHICO

En estos días en que la corrupción casi daría para rellenar un álbum de cromos, de esos que con tanto mimo rellenábamos en nuestra niñez, nos parece que esto es algo de nuestros tiempo, sin embargo, nada más lejos de la realidad, mal que nos pese, lo de ser picaros y vivir en esa delgada línea que separa el bien del mal, o vivir directamente sin problema al otro lado de ésta, es algo que se ha venido repitiendo en el correr de los tiempo y de nuestras calles.
Hoy vamos a recordar a uno de estos negros personajes de nuestra historia, que aunque no merezcan su recuerdo, nunca está de más el traerlos a la memoria, a ver si así, nos empeñamos en no dejar que se repitan.
Pues bien, el bueno de García Chico, y digo bueno por no ser demasiado crítico de inicio, era un jefe de la policía madrileña allá por la mitad del 1800, era muy conocido en toda la ciudad, sobre todo en los bajos fondos, en los que se movía como pez en el agua y a los que controlaba en su propio beneficio sin ningún escrúpulo. Extorsionador, mangante, putero, chulo y proxeneta, eran tan sólo alguna de las lindezas que atesoraba Paco en su currículo. Llego un momento  en el que raro era el negocio turbio que se diera en la ciudad, que no tuviera el unte o beneplácito del García Chico.
También era un gran amante del arte y ya fuera como fruto directo de sus acciones extralaborales o pertenecientes a algún requisado que no llegara a los almacenes de la policía, el caso es que el jefe de la policía tenía en su casa una colección digna del mayor de los coleccionistas, con más de 700 cuadros entre los que se acumulaban cuadros de Velázquez, Rubens, Durero, Murillo y hasta más de 50 Goyas, según lo que comentaban las buenas o malas lenguas de por aquel entonces.  
Como podéis imaginar, el jefe de policía, que ya de por sí no es una cargo que genere muchas amistades entre la población llana, no era el invitado de todas las fiestas y el número de enemigos que le tenían en su lista, no era para nada como para no tenerlo en cuenta, por lo que por aquello de que a todo cerdo le llega su San Martín, cuando estalló la Vicalvarada en julio de 1854 y el pueblo tomo más o menos el poder de las calles, no faltaron una gran lista de extorsionados, agraviados y amantes despechadas que se personaron en su casa de la plaza de los Mostenses para rendirle cuentas. Sin muchos miramientos tiraron su puerta abajo y arrastrándolo sobre el mismo colchón en el que dormía, lo llevaron en volandas hasta la plaza de la Cebada, donde sin más juicio, ni justicia, que la que el policía había desempeñado durante toda su vida, lo  condenaron a muerte y lo ajusticiaron allí mismo bajo el fuego de las armas del pueblo.
Quizá no fue el mejor de los finales, pero hasta aquí la historia de García Chico, esperemos que cunda el ejemplo de su final entre estos nuestros políticos actuales y que recuerden lo que puede terminar siendo su final si continúan llenado los zurrones de aguantes de sus votantes.
Espero, que si no conocíais su historia os haya resultado curiosa o que al menos os la haya traído a la memoria este personaje olvidado de nuestro Madrid más oscuro.  
Plano de la plaza de los Mostenses en tiempos de García Chico.
Plaza de la Cebada, tiempo después de la ejecución de nuestro personaje.