PEDRO DE RÉPIDE.

Dudo que exista algún amante de la historia de Madrid que no haya oído hablar del protagonista de hoy, Don Pedro de Répide, pero para la mayoría, aunque son muchas las historias que hemos heredado de él, muy pocos conocen gran cosa de su figura.
Hoy vamos a dedicarle este humilde homenaje a uno de los grandes de nuestra historia, no por ser protagonista de ella, sino por ser uno de nuestros mejores contadores.
Pedro de Répide y Cornaro nació el 8 de febrero de 1882, de descendencia italiana por parte de madre, como a él mismo le gustaba recordar descendiente directo de la última reina de Chipre. Estudió Derecho, Filosofía y Letras en la Soborna donde también fue bibliotecario de una Isabel II que ya se encontraba allí en su destierro.
Además de poseer el título de Cronista de Madrid otorgado por el Ayuntamiento fue uno de los fundadores del diario “La Libertad” en donde fue poco a poco escribiendo una de sus principales obras “Las Calles de Madrid” que curiosamente estuvo escondida durante años entre las páginas del diario, hasta que un buen amigo suyo, el también ilustre madrileño Federico Romero, los recopiló en el grueso volumen que a día de hoy a casi ninguno nos falta en nuestra biblioteca.
Pero esta no fue la única obra del gran escritor y periodista, junto a ella destacan otros muchas publicaciones como sus poemas “Las Canciones”, sus primeras novelas “La enamorada indiscreta”, “”No hay fuerza como el amor”, “El agua en cestillo” e incluso otros libros y novelas sobre su amada Madrid como son “Del Rastro a Maravillas” “El Madrid de los abuelos”, “los cohetes de la verbena” o “los picaros de Amaniel” entre otros muchas publicaciones que fue acopiando desde los diecinueve años.
Durante la guerra civil se vio obligado a emigrar a las américas, pero su amor por Madrid no le permitió vivir demasiado tiempo alejado de nuestra ciudad por lo que regreso para fallecer al poco tiempo, el 16 de febrero de 1948.
Como fue descrito por una publicación de la época “Su figura, su chaqueta ajustada, su capa airosa, su paso resonante, parecen todavía vagar por alguno de los barrios madrileños, aquellos de los organillos y los bailes chulescos, de las tascas oscuras pintadas de rojo y puertas de cristal esmerilado, de taburetes y mesas embadurnadas de pintura roja y mostrador de cine, donde se alineaban las frascas de tintorro”.
Sirva este recuerdo, como homenaje a uno de los personajes a los que más curiosidades y recuerdos debemos. Descanse en paz.


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FRASES Y REFRANES DE MADRID (parte 7)

Continuamos con otra entrega de nuestra recopilación de frases madrileñas. Como siempre al final os añadiré el enlace a las anteriores por si alguno no las pudo ver en su día.
   
Tiene más salidas que la puerta de Alcalá. Es una frase muy castiza y hace un paralelismo entre la rapidez mental de una persona y la nueva Puerta de Alcalá, que al ser mandada hacer se la dispuso con más arcos (salidas) que la anterior y que sus homónimas. Además al tener dos caras distintas, da la impresión de ser dos Puertas en una. También algunos historiadores indican, que el termino salidas, se refiere a que  en aquella época la puerta de Alcalá era la que más salidas tenía pues de ella partían numerosos caminos que te llevaban a distintos sitios y por lo tanto era la que más salidas tenía, por ser a la que más destinos te llevaba.
Hacer el primo. Esta expresión se utiliza para indicar que alguien se está equivocando debido a su carácter tontorrón o simple. El origen de la expresión viene de los enfrentamientos del 2 de Mayo de 1808. Ese día el mariscal Joaquin Murat envió una carta al infante y a la Junta de Gobierno en los siguientes términos:
“Anunciad que todo el pueblo en que un francés haya sido asesinado será quemado inmediatamente... Que los que se encuentren mañana con armas, cualesquiera que sean, y sobre todo con puñales, serán considerados como enemigos de los españoles y de los franceses y que inmediatamente serán pasados por las armas."
Como despedida de dicho escrito se leía lo siguiente: "Mi primo; señores de la Junta; pido a Dios que os tenga en santa y digna gracia".
En aquel entonces según el protocolo de la Casa Real, el rey utilizaba la expresión Primo para referirse a los grandes de España en cartas y documentos, tanto oficiales como privados.
El mariscal en un intento de mofa utilizó esta expresión para referirse al Rey, sin saber que cuando la carta fue descubierta pasó a ser él el primer Primo de la historia, cambiándole radicalmente el significado a la expresión.
A buena hora mangas verdes. Este dicho proviene de los Reyes Católicos, los cuales crearon el cuerpo de la Santa Hermandad, el cual se encargaba de dar auxilio  en caso de emergencia. Estos en su uniforme llevaban unas bocamangas de color verde. El caso es que su impuntualidad era tan habitual que el dicho A buenas horas mangas verdes, comenzó a usarse de manera peyorativa para aludir a cualquier demora a un llamamiento. Es difícil mantener si esta expresión se originó en Madrid, pero la he incluido dado el alto uso que se hizo de ella entre nuestros vecinos.
Picar muy alto. Esta expresión se utiliza para indicar que las pretensiones de alguien son más altas que lo que su condición le permite.
El origen viene de que según cuenta la rumorología, Juan de Tasis, conde de Villamedina, tenía un romance con Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV. AL parecer en una corrida en la Plaza Mayor de Madrid, el conde participó en una corrida de rejones en homenaje al cumpleaños del rey. En un lance de la misma su amada se emocionó tanto que exclamó un sentido ¡Qué bien pica el conde! A lo que el Rey no con falta de sorna respondió “Pica bien, pero pica muy alto”
Expresión que corrió como la pólvora por toda la ciudad.

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PRIMERA GUARDERÍA DE MADRID.

Cuando llega el verano y los niños pasan grandes cantidades de tiempo entre sus padres, es cuando estos realmente valoran la importancia de las guarderías, pero ¿se te ha ocurrido pensar cuál fue la primera guardería de Madrid y una de las primeras de toda España?
Pues bien, esta guardería se la debemos a la mujer de uno de los reyes menos valorados de nuestra historia, nos referimos a María Victoria dal Pozzo della Cisterna, mujer de Amadeo de Saboya, cuyo reinado no llegó a durar ni tres años, debido al poco interés que los madrileños en particular y los españoles en general, despertaban sobre su figura, más o menos implantada tras el derrocamiento de Isabel II.
La buena de Victoria, intentó desde un principio ganarse la simpatía de su pueblo pero estos no estaban por la labor y lejos de reconocerle sus esfuerzos, la emprendían con saña sobre su figura con motes como “La reina húmeda” como mofa a sus apellidos o el de “La Reina de las Lavanderas”.
Este segundo mote es el que nos trae a la historia de hoy y le vino pues en uno de sus paseos por la ciudad, observó a las lavanderas que en la orilla del Manzanares ejercían su profesión a la par de que, con mil ojos, miraban a sus hijos que correteaban entre las aguas salpicándolo todo y escondiéndose tras las telas tendidas al sol.
Victoria quedó fascinada por la dedicación de aquellas madres trabajadoras, que aunque deslenguadas y muy poco cultas (llegaron a tener la prohibición mediante el Real Decreto de 1790, de gritar mientras trabajaban, debido a los improperios que soltaban por sus boquitas) lo cierto, es que eran unas madres dedicadas y que se preocupaban por no poder dar a sus hijos, ni el cuidado, ni la vigilancia que debían o les hubiera gustado.
A la reina se le ocurrió la idea de fundar con fondos propios, la que sería la primera guardería infantil. En ella las lavanderas podían dejar a sus hijos por la mañana y recogerles al terminar la jornada para llevarlos a casa
Para ello, el 13 de Enero de 1872 junto a la Glorieta de San Vicente abría las puertas La casa del Príncipe, más conocido como El Asilo de Lavanderas. En él que con la ayuda de las Hijas de la Caridad, los 300 niños que tenían capacidad en él, además de estar en un lugar más seguro y sano, que la orilla del Manzanares, también comían diariamente un plato de comida caliente (un verdadero lujo para mucho de ellos) y recibían leves conceptos de educación básica. El asilo también tenía unas seis camas que la reina decidió instalar, para que si alguna lavandera tenía algún accidente laboral, pudiera reponerse acompañada allí por su hijo y que este no quedara durante esos días al amparo de la providencia.
Lamentablemente el asilo fue derribado durante la guerra Civil y aunque en 1946 se volvió a abrir otro para el mismo uso en la esquina del Paseo de Pontones con el Paseo Imperial, la poca existencia de Lavanderas en Madrid, transformó su uso en un asilo para hijos de mujeres trabajadoras, independientemente de su profesión, el cual mantuvo esta actividad hasta que a principio de los años setenta cerró definitivamente. 
En 1981 el ayuntamiento llegó a barajar la idea de reconstruir el antiguo Asilo de Lavanderas como homenaje a la figura de aquella tan poco reconocida reina, pero suponemos que finalmente la idea no cuajó y andará en algún cajón del consistorio, esperando que alguien la desempolve y saque a la luz.

Nueva Escuela Asilo de las Lavanderas 1945.
(Fuente el Pais)

Lavanderos entre el punte de Toledo y el Puente de Segovia.

Casa del Príncipe o Asilo de las Lavanderas 1934.
(Fuente Libertad Digital)

María Victoria y Amadeo de Saboya 

LA CALLE DE LA VENTOSA.

En los paseos que estamos haciendo por las calles de Madrid, hemos visto distintos y variopintos motivos que han dado origen a sus calles, como el error de traducción de la Calle Espejo, los celos en Mesón de Paredes, o las distintas leyendas e hipótesis sobre la calle Arganzuela, pero el protagonista de hoy es aún más extraña si cabe, pues es posiblemente una de las pocas calles del mundo cuyo nombre se debe a un timador, bueno en este caso a una timadora o curandera que trabajaba y vivía en lo que hoy es esta calle sobre el siglo XVIII.
Según cuentan los historiadores, vivía en esta calle que anteriormente se llamaba Calle de la Paloma Baja, una curandera que respondía al nombre de Juana Picazo. Juana había sido adiestrada en las cualidades sanadoras de hacer cataplasmas con un vaso de cristal, al que con una vela se sacaba el oxígeno y al poner sobre la zona afectada producía un efecto ventosa, que en teoría era sanador y curaba algunos males.
Aquel método novedoso comenzó a ser muy popular entre la población madrileña, ávido de remedios nuevos que los sanasen de sus dolencias y que les permitieran trabajar para mantener a sus familias.
El principal problema, no eran las cataplasmas, que alguna cualidad sanadora se le ha otorgado a lo largo de la historia y de hecho aún se siguen utilizando para algunas dolencias musculares, el problema era que Juana cobraba por ello unas cantidades ingentes de dinero y que desconocedora de cualquier otro remedio, las usaba para prácticamente cualquier dolencia. Según decía ella los vasos que utilizaban habían sido propiedad de San Isidro, por lo que eran capaces de curar cualquier dolencia, pues sus beneficios venían por las cualidades mágicas que el santo había depositado sobre ellas y no de la técnica en sí.
Como suele ocurrir con los caraduras y timadores todo tiene un fin, por lo que en un momento dado sus clientes se cansaron hasta tal punto, de las engañosas artes de Juana, que la raparon el pelo, y subida a un burro la hicieron desfilar por las calles de Madrid, untada con alguna sustancia pringosa, que habían embadurnado en sus ropajes para cubrirla de plumas. De aquella guisa la fueron llevando por las calles de Madrid, mientras que los engañados por la timadora la insultaban y golpeaban en su recorrido.
No se sabe muy bien que acabó siendo de la curandera, pero lo que sí está claro es que aprendió su lección o al menos que nunca se volvió a saber de sus malas artes en las inmediaciones de Madrid.
Aun así, la casa y calle eran ya tan conocidas por todos como “la de las ventosas”, que se quedó con el nombre hasta nuestros días.


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PEPE BOTELLA.

El 5 de julio de 1808 Napoleón, otorgó oficialmente el reino de España a su hermano José I Bonaparte, el cual tenía por aquel entonces cuarenta años.
Si lanzáramos hoy en día una pregunta sobre su persona, el 90% de los españoles, te responderían sin ninguna duda con su apodo “Pepe botella”.
Y es que éste es sólo un retazo que ha perdurado en el tiempo de todo lo que se dijo de él durante su reinado, bueno mejor dicho de todo lo que inventaros de él sus detractores. De él llegaron a decir:
Que era un enfermo sexual, que era tuerto, glotón, ludópata, violento y amante de lo ajeno, incluso en alguna publicación malintencionada se le tacha de patizambo y de tener un poco de joroba. 
Sin embargo el bueno de Pepe, no era nada de esto ni mucho menos. En verdad era un hombre bastante atlético y de buen ver, que tenía bastante fama con las mujeres, por lo que no es que fuera un enfermo sexual, sino que tenía un enorme éxito entre las mujeres de la época más allá del encanto y sex appeal que suele acompañar al poder. 
Era un hombre pacifista, nada dado a la violencia que de él se manifestaba. Bastante culto, amante de las letras y que intentó ganarse el cariño de los madrileños por todos los méritos, aunque esa era una batalla ya perdida de antemano. A pesar de ser profundamente antitaurino, reinstauró las corridas de toros que habían sido abolidas por Carlos IV, e incluso promulgó que estas fueran de bajo coste (e incluso alguna gratuita) para que su pueblo pudiera acceder a ellas.
A pesar de tener fama de ser bastante tontaina, la verdad es que era un hombre obsesionado con la cultura y el embellecimiento de Madrid, apoyó fuertes excavaciones arqueológicas e invirtió cantidades muy importantes de dinero en educación, en proyectos científicos y en hacer grandes obras para engalanar Madrid, como fue la construcción de la Plaza de Oriente, su mayor deseo urbanístico, la cuál ideó como el más precioso hall de entrada al Palacio Real, pero que también en este caso le sirvió como elemento de ataque a sus detractores, valiéndole el sobrenombre de Pepe plazuelas.
Pero desde luego, lo más chocante sobre su figura es su mote más conocido, “Pepe botella”, pues a pesar de que es lo más popular que ha llegado de él a nuestros días, lo más curioso es que era mentira, era un hombre prácticamente abstemio muy poco dado a las fiestas. Sí es cierto que organizaba grandes fiestas, pero no era por su tendencia a la bebida sino por ganarse el apoyo y defensa de las altas esferas madrileñas.
Seguramente el culpable de que su adicción haya llegado a nuestros días, es que fue él, en febrero de 1809, quien aprobó la liberalización de las bebidas espirituosas, lo que rápidamente se extendió por todo el pueblo de Madrid como un intento de poder beber lo que se le antojara sin problema alguno, ni tener que pagar impuestos, cuando en verdad como decíamos, el bueno de Pepe era muy poco tragón y prácticamente abstemio.
Es posible que si José Bonaparte hubiera gobernado en otra época y circunstancia, hubiera sido uno de nuestros reyes más honrados y queridos, pero que le vamos a hacer, el pobrecillo nació gabacho y en el peor tiempo para serlo en aquella España.





 


LA PIERNA DEL TATO

Corría el 7 de junio de 1869 en la plaza de la Puerta de Alcalá, cuando el cuarto toro de la ganadería de Vicente Martínez envistió la rodilla derecha del diestro Antonio Sanchez “El Tato”.
La herida de cuatro centímetros de largo por tres de profundidad, sobrecogió al tendido cuando el torero cayó al suelo tras los tres intentos que el torero había tenido de terminar con la suerte del astado.
Hasta aquí todo hubiera quedado en un simple lance, de los muchos que se han escrito en la crónica del toreo, pero la curiosidad llegó cuando la cosa se complicó y los médicos del torero, siete días después del incidente, decidieron que la única vía para salvar la vida del torero era amputarle aquella pierna.
Al parecer según los galenos de la época, cuando el toro Peregrino embistió al torero, éste tenía los cuernos manchados de la sangre fresca de un caballo enfermo de arestín y por éste motivo aquella herida infectó con tanta rapidez, al adentrarse en ella el virus del caballo.
Fuera como fuese la pierna fue amputada, sin anestesia por especial rechazo del torero, y llevada a una botica de la calle Fuencarral nº 11 para que allí fuera embalsamada.
El boticario realizó el encargo y colocó la pierna en su escaparate que estaba situado en lo que hoy en día es el Edificio Telefónica de la Gran Vía, a la espera de que el torero se recuperara y decidiera qué quería hacer con su pierna perdida.
Al parecer según contaban los diarios de la época, la gente se agolpaba frente al escaparate para ver la pierna del famoso torero, convirtiéndose sin duda en uno de las campañas de marketing más macabras de la época.
Pero la reliquia, para desgracia del farmacéutico que había encontrado una auténtica mina en aquel encargo, no duró demasiado, puesto que un incendio tan solo un mes después del incidente, 13 de julio de 1869, arrasó la botica quedando reducidas a cenizas tanto la pierna como todo lo que se encontraba en el interior del local, llevando a la ruina al pobre boticario que tan feliz se las veía con el reclamo de la pierna del Tato.
Por último, la expresión no ha venido ni el Tato, se refiere a este mismo torero, el cuál era tan habitual encontrarlo en los carteles de la época, que se empezó a usar esta expresión para indicar la ausencia de personas a un evento

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El Tato posando en postura torera

Presunta pierna del Tato expuesta en la botica.
(No hemos podido verificar que sea la real)

Grabado del momento de la cogida



LAS UVAS DE FIN DE AÑO

De entre todas las tradiciones madrileñas, hay una que sin ningún tipo de dudas es la que más rápidamente se ha extendido por todos los rincones del país y parte de Sudamérica, esta es la tradición de despedir el año tomando doce uvas para dar la bienvenida al año nuevo al son de las doce campanadas con las que el reloj de la Puerta del Sol despide al año que nos deja.
Pero esta tradición, que para nosotros lleva prácticamente toda la vida, es mucho más moderna de lo que podríamos imaginar. Como ya comentamos cuando hablamos del reloj de la Puerta del Sol (pincha si quieres leerla), éste fue un regalo del relojero afincado en Londres Don José Rodríguez Conejero, que lo regaló a la ciudad de Madrid en 1866, para suplir al que se había instalado en el edificio de Gobernación, tras el derribo de la iglesia del Buen Suceso y el cual daba de todo menos la hora exacta.
Hasta esa fecha 1866, los madrileños no tenían un reloj fiable con el que regir sus horarios, aunque la tradición según la primera hipótesis, a la que hoy nos referimos, tardaría en llegar unos cuantos años más y está ligada directamente a la tradición del día de 5 de Enero de salir a recibir a los Reyes Magos de Oriente, por aquel entonces todo Madrid salía a la calle para recibir a los Reyes Magos y organizar una de las fiestas callejeras más divertidas que se celebraban en la ciudad. Al parecer en 1892 el alcalde de Madrid José Abascal decidió que esa fiesta no tenía el glamour que él quería para nuestra ciudad, por lo que mediante un bando informó a los madrileños de que se castigaría con un duro (5 pesetas) a todo aquél que saliera a la calle a montar algarabía aquél día.
Por aquél entonces en Francia existía la tradición de despedir el año viejo tomando champan, éste se solía acompañar de uvas para bajar los efectos del licor. Por lo que un grupo de madrileños decidió, ya que el Alcalde les había privado de la fiesta del día 5 de enero, de adelantarlo algunos días y a modo de mofa de la costumbre francesa, tomar uvas en la Puerta del Sol. Al parecer alguno de los madrileños que acudieron aquella noche se le ocurrió aquello tan madrileño de retar al resto de sus acompañantes a ver cuál era capaz de tomar una uva con cada campanada, y por arte de magia, y bajo aquello tan castizo de “A que no hay huevos…” todos los que allí de encontraban comenzaron a realizar el intento, originando sin quererlo la tradición más extendida de todo nuestro país.
La segunda de las hipótesis, aunque es la menos comentada, tiene todos los visos de ser la real, es la que se mantiene desde el blog Historias Matritenses y mantiene que la tradición se originó debido a que el precio de las uvas comenzó a bajar tanto debido a la crecida de las cosechas, que estás llegaron a tener un precio prácticamente irrisorio. Incluso algunas publicaciones mantienen que algún recolector viendo el precio tan ridículo, llegó a regalar racimos de uvas entre los que habían acudido a celebrar el fin del año a la Puerta del Sol y que éstos tomaron aquellas primeras uvas al son de cada campanada originaron esta tradición.
Aunque en aquel Madrid de final de siglo existían dos vertientes muy pronunciadas, una que adoraba todo lo francés por resultar muy cortes y envuelto en cierto aire aristocrático y otra más popular, que constantemente se mofaba de toda costumbre que llegara del país galo, por estos mismo motivos, es innegable que la labor de investigación desarrollada por el citado blog, pone en duda lo que hasta ahora habíamos dado por correcto. 

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Noche vieja de 1912 en la Puerta del Sol.
(Fuente ABC)


   


EL ABANICO. A VECES REFRESCA Y A VECES CALIENTA.

Dice un refrán que “En Madrid nueve meses de invierno y tres meses de infierno”. Por este motivo no es de extrañar que en Madrid durante el siglo XVIII, no hubiera dama de las altas esferas que saliera de casa con este maravilloso invento maravillosamente adornado y conjuntado con la vestimenta que cada señorita llevara.
Pero lo cierto, es que el abanico era utilizado para algo mucho más importante que el apaliar los sofocantes calores del verano madrileño. Las damas del Madrid de la época, al igual que las de otras muchas capitales Europeas, tenían que salir siempre de casa acompañadas de sus padres o de sus carabinas, las cuales eran las responsables de salvaguardar el decoro de sus jóvenes damas. El problema para las carabinas, es que la carne siempre ha sido fuerte, y las jóvenes y virtuosas damiselas comenzaron a utilizar sus abanicos para crear todo un enrevesado sistema de comunicación con el que poder hablar con sus furtivos amantes, sin que sus guardianas se percataran de lo que ocurría. El lenguaje, obviamente requería que el amado también lo conociese, ya que en caso contrario podía generar confusiones aún mayores, pero éste llegó a ser tan utilizado que se llegaron a registrar cerca de cuarenta contraseñas con las que los amantes podían comunicarse sus desvelos en cada momento.
Aquí os dejo las que yo he conseguido reunir a día de hoy, pero es posible que existan algunas que no hayan llegado a mis manos e incluso que algunas se hayan perdido en el tiempo para siempre.
Abanicarse rápidamente. Daba a entender que te amaban.
Abanicarse lentamente. Significaba que ella era una persona comprometida y no deberías seguir en el intento.
Cerrar despacio. Significaba "Sí".
Cerrar rápido. Significaba "No".
Dejar caer el abanico. Significaba soy tuya
Tirarlo al suelo. Significaba que se había acabado y que no quería saber nada más de ti
Levantar el pelo o el flequillo con el abanico. Significaba que estaba pensando en tí o que no te olvidaba
Contar varillas sin un número determinado de varillas. Quería decir que estaba interesaba en hablar contigo o que tenía necesidad de ello
Contar varillas o abrir el abanico con un número determinado varillas. Te fijaba la hora a la que podíais quedar, siendo el número de varillas la hora
Cubrirse del sol con él. Significaba que no le gustabas
Mostrártelo cerrado. Era como preguntarte si la querías de verdad.
Apoyar el abanico sobre la mejilla. Si era sobre la mejilla derecha también significa que "Si".  Y sobre la mejilla izquierda quería decir que "No".
Prestar el abanico. Si se lo prestaba a un acompañante quería decirte que algo malo estaba ocurriendo. Si se lo daba a su madre estaba rompiendo la relación y ya podías olvidarte.
Dar un golpe. Si daba un golpe con el abanico sobre un objeto te mostraba su impaciencia
Si sujetaba el abanico con ambas manos. Significaba que vuestro amor era imposible y que debías olvidarla.
Taparse los ojos. Significaba que te quería.
Taparse una parte de cara con el abanico. Significaba que fueras con cuidado ya que os estaban vigilando.
Taparse toda la cara con el abanico. Quería decirte que la siguieras cuando saliera. 
Pasarlo por los ojos. Significaba que Sentía lo ocurrido.
Pasarlo por los ojos justo tras cerrarlo. Era en cambio una pregunta y significaba que cuando te podía ver.
Abrir el abanico y mostrarlo. Te quería decir que la esperaras a la salida del lugar en el que estuvieras.  
Ponerlo sobre la oreja izquierda. Te rogaba que no rebelaras vuestro secreto
Dejar el abanico a medio abrir sobre los labios. Significaba que se moría de ganas por besarte o que te daba permiso para ello en el siguiente encuentro
Dejar el abanico cerrado sobre los labios.  Quería decirte que no le parecías trigo limpio y que no se fiaba de tus intenciones.
Pasarlo por la mejilla. Significaba que estaba casada.
Abrir y cerrar el abanico muy despacio. Significaba que no estaba interesada en la proposición.
Abrir y cerrar el abanico muy deprisa. Significaba estoy comprometida. Pero no obligatoriamente me es molesto el cortejo.
Pasarlo sobre los ojos. Significaba que te fueras.
 Mano izquierda. Llevarlo cerrado en la mano izquierda quiere decir te invitaba a que buscaras la manera de conoceros.
Mano derecha. Llevarlo cerrado o moverlo con la mano derecha, significaba que su corazón era de otros y que no tenías oportunidad alguna
Pasarlo de una mano a otra. Significaba que estabas pasándote en el coqueteo y que no le estaban empezando a gustar tus insinuaciones
Darle vueltas en la mano derecha. Significaba que le parecías feo.
Tocarse la palma de la mano con el abanico. Quería decir que estaba jugando contigo y que pensaba hacerse de rogar.
Sobre el pecho. Si ponía el abanico sobre el pecho te quería decir que te amaba tanto que la estaba doliendo la situación.
Darse en la mano izquierda. Significaba que te daba permiso para que vuestro amor siguiera adelante.
Mirar los decorados del abanico. Significaba que le gustabas mucho y que no quería perderte
Bajarlo hasta el pecho. Significaba que sólo te veía como a un amigo y que no quería nada más
Cerrarlo sobre la mano izquierda. Quería decir que se casaría contigo.
Ponerse en el balcón con el abanico abierto, salir al balcón abanicándose o salir de la sala abanicándose. Quería decirte que estaba viendo la manera de poder salir de allí. Si lo hacía con el abanico cerrado, era todo lo contrario y quería decir que la era imposible salir de allí.

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Fuente fotografía lauramcalister