EN MI CASA ENTRA QUIEN YO QUIERO.

Para la mayoría de los que sois aficionados a la historia de Madrid os sonará lo que fueron las “casas a la malicia” y la Regalía de aposentos, que se originaron en Madrid cuando en 1561 Felipe II decidió mudar la corte a Madrid, pero para aquellos que nunca lo hayan llegado a comprender del todo o el concepto se les haga complicado, vamos a explicarlo de manera sencilla para que os hagáis una idea.
Imaginaros que nuestro queridísimo Felipe VI, más o menos campechano como su padre, se va un verano de vacaciones a Ciempozuelos. Paseando por sus calles con Doña Letizia, deciden que ya están hartos del follón de la capi y de tanto ir y venir al Palacio de la Zarzuela y que qué mejor lugar para establecer su residencia habitual, que en este hermoso lugar cuna del gran Ventura Rodríguez. Así que ni cortos, ni perezosos, deciden mudarse allí con toda la familia.
Qué ocurre, que la familia cabe en Ciempo sin problema, pero resulta que por detrás de los reyes se vienen tooooda la legión de asistentes, cuidadores y dignos trabajadores que necesitan para sus quehaceres diarios. El alcalde de Ciempo hace un esfuerzo y les busca alojamiento como puede, pero qué ocurre, que detrás del rey y de tooodooo su séquito, también se van para Ciempo toooodaaaa una legión de pelotas, mamporreros y abrazafarolas que como urracas se aproximan al lujo y ostentosidad de su Real corte. Estos que además de no tener oficio ni beneficio, son cansinos como pocos, le ponen la oreja colorada al Rey, de tanto venirle con la monserga de que en Ciempo ya no cabe un alma, y el Rey que es calmado pero que las movidas le aburren soberanamente, como no podía ser de otro modo, se quita el problema de en medio decidiendo, por sus reales mismísimos, que para que entren todos los mamelucos que se han venido con él a la nueva corte, los pobres Ciempozueleños que tengan una casa de más de una planta, tienen que donar una de ellas para que vivan en ella todos los nuevos habitantes de la comarca.
En esto entra en acción el pobre de Chema, que lleva toda su santa vida echándole horas al camión para mantener a su familia y su pequeños chalecito adosado de dos plantas. Tras un viaje de diez días por toda Europa repartiendo fruta, llega a su casa y su mujer le cuenta las buenas nuevas de que les van a endosar a una familia, de vete tú a saber dónde, para que vivan en el cuarto de los peques.
A Chema, que la idea le sienta como una paralela de Hacienda, decide que la única manera de no comerse el marrón, es la de que nadie vea como es la casa, con lo que a la mañana siguiente se pone el mono de la mili, saca las fichas de como levantar un muro del Leroy Merlín, y la hormigonera de su cuñado y ni corto ni perezoso planta una tapia delante de su casa con una austera puertecita, tapia unas ventanitas y continúa el tejado hasta este murete para que la casa parezca más baja, y claro, pues aquello más que un confortable chalet adosado, pasa a ser a ojos de por el que allí deambule, un chamizo de poco apetecible ocupación. 
Con esta triquiñuela, Chema consigue librarse del marrón que se le venía en ciernes y trasladar a otros con menos ingenio el problema de dar morada a los nuevos inquilinos, y sin comerlo ni beberlo, con esto que a día de hoy llamaríamos como un “ahora vas y lo cascas” de libro, en aquella época pasó a llamarse “Casas a la malicia”, o casas con más trampa que un duro de cuatro reales.

Espero que con esta versión adaptada a nuestros días, os haya sido más sencillo el comprender a lo que se vieron obligados los pobres habitantes de Madrid cuando al rey le dio por fijarse en nosotros para montar aquí este pitote que parece que lleva montado aquí toda la vida.